
viernes, 30 de enero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
Ostra y el cono negro



Había una vez una ostra que andaba caminando cabizbaja y sumergida en lo que parecían ser grandes dudas existenciales. La concha que llevaba por cabeza había ido tomando dimensiones insostenibles debido a que Ostra se complicaba la vida con cuanto molusco se atravesaba en su camino. Moluscos, algas, piedras, estrellas marinas, peces y tiburones, buenos o malo. Y así el peso se había vuelto insoportable. Ese día había despertado con un dolor de concha tan terrible que empezó a considerar ciertas alternativas para quitarse de una vez ese peso que tenía encima. Andaba dando vueltas en círculo, preocupada, buscando salidas, cuando de pronto encontró una especie de cono gigante en plena calle. Ostra se acercó y lo miró detenidamente. Era oscuro y parecía tener círculos a su interior. Miró para un lado miró para el otro. Dudó, y se quedó en la entrada del cono. Se agachó y apuntó su mirada hacia la punta interior del cono tratando de mirar el final.
De pronto, un fuerte viento apareció y Ostra empezó a ser succionada, trataba de agarrarse a las paredes del cono pero no podía, encima la concha le pesaba y la jalaba para adentro con la fuerza del viento. Se dejó llevar, pero como era tan grande, se quedó atracada en el primer círculo rojo. Luchó y luchó con fuerza para soltarse pero nada. Entonces se dio cuenta que la única forma para liberarse era vaciando un poco el peso. Así que se concentró. Cerró los ojos y como si pujara fueron saliendo especies de burbujas de la concha que contenían sus preocupaciones originarias ¿quién soy? ¿soy ostra o soy humana? ¿mi mamá fue ostra y mi papá se la comió? ¿qué llevo dentro de la concha? ¿tendré perla o no?. Las burbujas se quedaron en el primer círculo y Ostra pudo seguir el viaje hacia abajo hasta que se topo con el siguiente círculo. Nuevamente pujó, pero esta vez salieron ya no burbujas sino una especie de eco que empezó a resonar. Cuanto más pujaba más bulla salía, gritos, risas, gemidos, llanto, más llanto y más gritos. Se adelgazó harto. Continuó. Se sentía ligerísima. Esa última deposición había sido fundamental. Estaba como nueva. Pero conforme avanzaba todo se iba haciendo más angosto y le era cada vez más difícil seguir su camino.
Llegó al último círculo, el más pequeño que estaba casi en la punta del cono, y nuevamente se concentró. Pensaba “debo llegar al final, este último círculo no puede detenerme”. Pero pujaba y nada. Seguía enganchada. Se cruzó de brazos. Pensaba mirando de un lado a otro “¿qué acaso ya no hay nada que evacuar? “ no era posible, aún tenía un tamaño considerable. Luego de intentarlo mil veces, Ostra se cansó de pujar y se quedó dormida.
Empezó a soñar que caminaba sobre el mar y que su concha estaba tan libre de peso, que el viento la hacía volar. Cuando despertó, estaba tendida en la calle, el cono había desaparecido y sobre sus hombros caía una cabellera negra que se extendía sobre su pequeño cuerpecito de ostra. Se levantó, se hizo una cola y se marchó.



