miércoles, 13 de enero de 2010

Abue



Elena compraba siempre una bolsa de tostadas en la panadería. Eran esas tostadas hechas de pan francés, pan de yema o baguet que sobraban y al final del día estaban duros. Cada tarde se sentaba en el mismo lado de la mesa, colocaba el individual sobre el mantel de tela pintada, la mantequillera, las tostadas sobre la panera y se servía una taza de té o leche. Untaba la mantequilla sobre pedazos de tostadas que se rompían, se las metía a la boca y masticaba gesticulando el esfuerzo que significaba comérselas. Cuando había terminado, siempre hacía el mismo ritual. Quizás aún masticando algún trozo de tostada, como si no hubiera tiempo para mucho, iba juntando con su mano las migas de tostadas que habían caído sobre el individual, a veces lo hacía con el cuchillo y las arrastraba hasta el borde de la mesa para dejarlas caer sobre su otra mano y luego sacudirlas sobre la taza de té vacía. La vi tantas veces hacerlo. La imagen final, es ella levantándose y yendo a la cocina caminando pausadamente como siempre, recuerdo el sonido que hacía al arrastrar sus pies con esas zapatillas de casa que usaba que dejaban ver sus medias cubanas y sus tobillos delgados, como los míos y los de mi hermana.