viernes, 4 de junio de 2010

Lena viene a casa






El día que te dije que me iba de casa pusiste esa mirada interrogativa, dijiste ¿por qué? y yo te di una razón simple: porque ahora a mime toca vivr en otra casa, pero tú podrás venir y será bonito porque dormirás conmigo, traerás tus cositas, además viviré cerca al juego del Pato Donald que te gusta. Pareciste quedar convencida. Pero el día que empecé a hacer las maletas, viniste como siempre a mi cuarto y te pusiste a ayudarme. Te metí de broma dentro de la maleta, te reíste, luego empezaste a hacer la tuya y dijiste que te ibas conmigo. Cogiste la maleta rosa de mini, la de rueditas, metiste un pijama, tu cepillo de dientes, un osito pequeño, tus zapatos de casa y listo. Colocaste tu pequeña maleta junto a las mías y con determinación te quedaste esperando el momento de irnos. Traté de decirte que ese no era el día para irnos juntas. Pero tú querías irte conmigo, lloraste un poco, te encaprichaste y yo me aguanté las lagrimas. Trataba de convencerte de que pronto estaríamos juntas y de que vendrías a mi nueva casa pronto. Pero no pude hacerlo. Luego vino tu papá y te cargó. Te explicó las cosas y te calmaste. Eso sí, tu maleta quedó lista junto a tu ropero para cuando fuera el día en que vinieras. Días antes, cuando me quedé contigo una noche, me dijiste que mejor no me mudara, que no importaba el Pato Donald, tragué saliva y dije alguna explicación tonta, no insististe.

Los niños no extrañan, me dijo tu madre. De algún modo, por un lado es un alivio que no sintieras esa pena que nos embarga a los adultos cuando nos separamos de alguien. Hoy vienes a dormir y te he hecho arroz chaufa.