sábado, 3 de marzo de 2012

martes, 4 de octubre de 2011

Despedidas











Y de pronto hubo que decir adiós, era una despedida breve, volveríamos a encontrarnos. Eso era lo que nos decíamos para no pronunciar ninguna palabra triste. Para qué. Estábamos seguras de que aquí o allá volveríamos a vernos. Nuestro Aquí era sobre todo la casa de La Rambla del Prat. La terraza donde nos sentábamos a mirar los techos de las casa viejas de Barcelona y al fondo el Tibidabo iluminado. Fisgoneábamos las comidas de las familias catalanas, el señor que se sentaba con su radio y sus lentes oscuros a mirar sin que lo vieran, las terrazas vacías que soñábamos tener, imaginando las fiestas que armaríamos en esos espacios tan grandes y desperdiciados. La casa era lo único que ya no estaría en nuestro próximo encuentro.

Nuestro Allá, era ese nosotros individual, el que cada una utilizaba para describir lo que nos identificaba y que luego se fundía en un nosotros colectivo, al ser tan evidente todo lo que nos unía –ya sabes, como en nuestros países- decíamos. A veces es tan fácil que no te haces preguntas y eso es lo bonito, es natural, como si hubiera estado dado el conocernos y el querernos. Esta vez me toca despedirlas a todas, pero me gusta pensar en nuestro próximo encuentro en México, en Chile, en Perú, o en Barcelona. Porque como dice Ana, nos vamos a buscar lo que hoy nos hace falta y estoy segura que aquí o allá lo encontraremos.

viernes, 27 de agosto de 2010

Regresar



El gallo canta a partir de las 6:00.
Hay una llovizna por la mañana.
He abierto las ventanas para sentir el olor a hierba mojada.
Las ventanas de marcos de madera.
Mi padre pone la mesa: mantequilla laive, pan, jugo de naranja y granadillas.
Hablamos de política.
Me alegré tanto al verlo con una rosa esperándome.
Se ha ido por la mañana con los periódicos que la misma señora gorda de hace años le viene a dejar por las mañanas.
Me he quedado sola, y me he vuelto a asustar con el perchero lleno de ropa que está en el pasillo.
He visto los espacios deshabitados de nuestra casa. Los restos míos y de mi hermana en las habitaciones, nuestras camas como muebles para poner la ropa. Los altares de mi madre con nuestras fotos rodeadas de piedras y de estampas. Las pilas de papeles, las plantas de la sala. Estoy en casa.

viernes, 4 de junio de 2010

Lena viene a casa






El día que te dije que me iba de casa pusiste esa mirada interrogativa, dijiste ¿por qué? y yo te di una razón simple: porque ahora a mime toca vivr en otra casa, pero tú podrás venir y será bonito porque dormirás conmigo, traerás tus cositas, además viviré cerca al juego del Pato Donald que te gusta. Pareciste quedar convencida. Pero el día que empecé a hacer las maletas, viniste como siempre a mi cuarto y te pusiste a ayudarme. Te metí de broma dentro de la maleta, te reíste, luego empezaste a hacer la tuya y dijiste que te ibas conmigo. Cogiste la maleta rosa de mini, la de rueditas, metiste un pijama, tu cepillo de dientes, un osito pequeño, tus zapatos de casa y listo. Colocaste tu pequeña maleta junto a las mías y con determinación te quedaste esperando el momento de irnos. Traté de decirte que ese no era el día para irnos juntas. Pero tú querías irte conmigo, lloraste un poco, te encaprichaste y yo me aguanté las lagrimas. Trataba de convencerte de que pronto estaríamos juntas y de que vendrías a mi nueva casa pronto. Pero no pude hacerlo. Luego vino tu papá y te cargó. Te explicó las cosas y te calmaste. Eso sí, tu maleta quedó lista junto a tu ropero para cuando fuera el día en que vinieras. Días antes, cuando me quedé contigo una noche, me dijiste que mejor no me mudara, que no importaba el Pato Donald, tragué saliva y dije alguna explicación tonta, no insististe.

Los niños no extrañan, me dijo tu madre. De algún modo, por un lado es un alivio que no sintieras esa pena que nos embarga a los adultos cuando nos separamos de alguien. Hoy vienes a dormir y te he hecho arroz chaufa.

jueves, 27 de mayo de 2010

La fuerza de Ximena


Un forado se abrió debajo de mis pies.
Pero esta vez no caímos.
Fue tan sólo un aviso para movernos de sitio.
Meses antes mi sangre se llenó de una bacteria desconocida, me abrieron la pierna, me lavaron por dentro, la mataron.
No soy otra ahora, soy la misma, una sobreviviente de mis propios caminos.
Pero que ahora avanza un poco más atenta.

miércoles, 13 de enero de 2010

Abue



Elena compraba siempre una bolsa de tostadas en la panadería. Eran esas tostadas hechas de pan francés, pan de yema o baguet que sobraban y al final del día estaban duros. Cada tarde se sentaba en el mismo lado de la mesa, colocaba el individual sobre el mantel de tela pintada, la mantequillera, las tostadas sobre la panera y se servía una taza de té o leche. Untaba la mantequilla sobre pedazos de tostadas que se rompían, se las metía a la boca y masticaba gesticulando el esfuerzo que significaba comérselas. Cuando había terminado, siempre hacía el mismo ritual. Quizás aún masticando algún trozo de tostada, como si no hubiera tiempo para mucho, iba juntando con su mano las migas de tostadas que habían caído sobre el individual, a veces lo hacía con el cuchillo y las arrastraba hasta el borde de la mesa para dejarlas caer sobre su otra mano y luego sacudirlas sobre la taza de té vacía. La vi tantas veces hacerlo. La imagen final, es ella levantándose y yendo a la cocina caminando pausadamente como siempre, recuerdo el sonido que hacía al arrastrar sus pies con esas zapatillas de casa que usaba que dejaban ver sus medias cubanas y sus tobillos delgados, como los míos y los de mi hermana.

martes, 5 de mayo de 2009

Para A

Había un vez una recolectora de luz.
Cada noche salía a pasear por el espacio y guardaba los rayos del sol en un canasto. En el espacio, los rayos de luz son como copos de nieve amarillos. Al volver a casa, guardaba los copos luminosos en una botella transparente que ponía sobre su mesa de noche. Así cada día de invierno, respiraba la energía y el calor que irradiaba su botella, y por las noches, la luz le servía de lamparita. En verano y primavera, la recolectora repartía los copos de luz en pequeñas botellas y las enviaba a las ciudades donde el cielo suele cubrirse como una pansa de burro gris, para poder iluminar las casas de sus seres queridos. Era su misión, buscar la luz y la energía, y también su fuente de vida, porque la luz la hacía más fuerte y alegre. Así, la recolectora guardaba su secreto en el fondo de su corazón, nadie tenía por qué saber el secreto que tenía con el sol.